BRASIL
DIAMANTINA
Diamantina, así como las demás regiones mineras de Minas Gerais, se desarrolló la partir del diamante. Los portugueses que aquí llegaban en 1691 y se fijaron en 1693, venidos de Sabará en búsqueda de oro, se deslumbraron con el descubrimiento del diamante.
El descubrimiento trajo prosperidad a la región e hizo con que se consolidara una historia y una cultura diferenciadas del restante de las colonias portuguesas por el mundo.
Por disponer de pocos recursos para emprender la explotación en el Arraial, en 1734, la Corona Portuguesa entregó esa tarea la particulares. Sin embargo, con intensos fraudes y abusos por parte de los controladores de la explotación, la Corona, en 1771, asumió las tareas con la constitución de la Real Extracción, contando con un Intendente que detenía amplios poderes.
La producción de diamantes pasó por diversos periodos de prosperidad y decadencia al largo de los siglos XIX y XX. A partir de la segunda mitad del siglo XIX, Diamantina viviría un intenso brote industrial, principalmente del sector textil. Se transforma también en importante e influyente lugar comercial, llegando la ser denominada "Grande Emporio del Norte".
Diamantina, en los últimos años del siglo XX, en crisis con la economía garimpeira, se vuelve para la educación y el turismo, este último basado en su rica e incomparable cultura, representada por su arquitectura, religiosidad y musicalidad, reconocidas por la UNESCO a través del título de Patrimonio Cultural de la Humanidad. La ciudad cuenta aún con una región rica en atracciones naturales que encantan sus visitantes.
La ciudad queda al borde del Espinhaço, prácticamente dividiendo los cauces del río San Francisco y del río Jequitinhonha. Es un lugar diferente, aislado y de ahí que aún más fascinante. Repuntó bien más al norte, distante de los tradicionales centros auríferos del Sec. XVIII. Los desbravadores hubieron llegado en búsqueda de oro, pero no tardó para que descubrieran que la vocación de aquella tierra era otra. Una vocación que consumió millones de años de la naturaleza y regaló el hombre con una verdadera preciosidad.
El viaje por la carretera hasta Diamantina es revelador y muy agradable. Hasta las montañas son diferentes. Las rocas brotan del suelo, desnudas y en profusión, formando mosaicos y modificando el paisaje. He ahí que de la nada surge el antiguo Arraial del Tijuco, con sus iglesias, su caserío y sus narrativas sorprendentes de una era inolvidable, poblada de personajes curiosos. Parece más un pesebre incrustado en la roca bruta de las montañas que lo cercan.
En este pesebre reinó, a mediados del Séc. XVIII, Chica da Silva, la esclava que volcó reina. En la calidad de amante del contratista - que detenía la concesión real para explorar las labras diamantíferas - hacía y deshacía en la ciudad. Está ahí una de las historias más deliciosas de Minas Gerais, por veces transformada en caricatura de la emergente y compleja sociedad que se estableció en la provincia los años setecientos.
Diamantina es destino obligatorio en el amplio circuito turístico de Minas Gerais. Su legado va además de los diamantes; incluye hijos ilustres, como Juscelino Kubitschek, el presidente que hizo Brasil crecer 50 años en 5.
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